Consulta ginecológica preconcepcional

Después de mucho leer que hay que hacer una visita al ginecólogo para asegurarse de que todo está bien antes de empezar a buscar, y después de saltarme a la torera este consejo durante mis dos primeros meses de búsqueda, hoy ha llegado el día. 

Como hace relativamente poco que vivo aquí no tenía ginecólogo en la seguridad social, así que llamé esperando encontrarme con una lista de espera enorme, nada de eso. En 15 días atendida y contentísima. 

En primer lugar no, no me he encontrado con el Dr T. Lástima, me hubiese sentido más cómoda. Mi nueva ginecóloga es mujer, yo diría que entre cincuenta y sesenta años. Un poco seca en el tono, poco habladora pero predispuesta a contestar a todo lo que le he ido preguntando (cualquier me hace callar). 

 

Para empezar me ha hecho un historial completísimo. Hemos hablado desde mi primera regla hasta la última, con dolores, relaciones, antecedentes familiares de cualquier enfermedado  malformación, etc. 

En términos generales, todo correcto. 

Me ha hecho una citología para descartar problemillas. Si no me llama es que está todo correcto. 

Me ha solicitado una análisis de sangre para ver como van esos niveles de hormonas y para comprobar enfermedades de estas que solo sabes que existen o cuando estás embarazada o si vas a que te inspeccionen antes. 

Y sí, me ha recetado un complejo vitamínico con ácido fólico. Yo ya había comprado por mi cuenta ACFOL, al fin y al cabo, ácido fólico és, me dice que puedo terminarme la caja y empezar con NATIFAR (por lo que veo en la receta van a ser 2,34 euros. 

Mi gran temor era el por qué se me había retrasado la regla, si había algún tipo de problema. Su opinión es que no todas las mujeres tenemos que ser como un reloj, mientras nuestros periodos sean de entre 21 y 36 días de forma habitual (puede haber algún factor que influya en un periodo más largo o más corto en momentos puntuales), no hay de qué preocuparse. 

 

Pero, lo principal, y lo que más me ha gustado, es que estoy mucho más tranquila. No es que hasta ahora pensase que tengo algún problema pero a muchas nos pasa que, a fuerza de leer y de informarnos donde no debemos (o antes de que llegue el momento), nos empiezan a parecer más normales de lo que deberían los problemas. 

Mi ginecologa dice que soy una chica sana, que tengo que reducir al máximo el consumo de tabaco (estoy incluye a MrC como señor del esperma), y que tenga paciencia. Que durante un año se considera completamente normal que no llegue el embarazo y que, si dentro de seis o siete meses no lo he logrado, podemos empezar con una exploración más completa. De momento, que disfrutemos de las relaciones (que según sus propias palabras “es fundamental”) y que la avise cuando vea mi positivo

 Sra Gine nueva, espero verla muy pronto con buenas noticias!

Verano, ¿sufrirlo en silencio?

Todavía estoy a la espera de descubrir un catálogo de trajes de baño (bikinis, que con bañador pareces tu madre), en los que aparezca una mujer real. No, no voy a entrar en temas de curvas, este tema daría para un libro entero él solo. Estoy hablando de mujeres normales y de la verdadera tortura a la que nos sometemos para estar perfectas en verano.

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Aquí, el primer puesto en la pole, sin duda, es para la depilación. Si no has pasado por un largo tratamiento de depilación láser, sabrás que los pelos igual que te los quitas vuelven a salir. Yo soy de maquinilla eléctrica y durante todo el invierno los voy debilitando a base de la tortura que supone arrancarlos de raíz. Cuando llega el verano esto es, sencillamente, imposible. Te empecinas en eliminarlos y, ellos, insolentes, vuelven a aparecer. Entonces viene la disyuntiva: ¿me paso la cuchilla sabiendo que se vengarán y renacerán más duros y fuertes o espero a que crezcan para arrancarlos de raíz (ya sea con cera o con eléctrica) y mientras tanto voy con ellos asomando? No le des más vueltas, decidas lo que decidas, nunca aciertas. Y sí, soy una mujer bastante feminista y liberada, pero no lo suficiente como para salir luciendo mata, bravo por las que sí lo han superado.

Una vez toreado el paso cero y con la piel castigada por la opción que hayamos elegido nos metemos en el número dos del ranking, tenemos que estar morenas. Imaginad esa playa llena de chicas perfectas y morenas, de repente, en la arena, veis una zona donde el sol parece reflejar más. Esa soy yo. A mi el sol me repele por completo. Es más, yo tampoco le adoro demasiado. Las lagartijas se ponen al sol porque son animales de “sangre fría”, no tienen los mismos mecanismos que nosotros para tolerar cambios de temperatura exterior. Yo no soy una lagartija. A mí el sol me da por sudar y me pone la cara roja, con aspecto de fatigada. Vamos, que si me pongo media hora al sol, además de batir mi propio récord, habré conseguido parecerme mucho más a un albañil a las doce de mediodía en agosto que a la chica del catálogo. En la playa busco la sombrilla y en la piscina la sombra de un árbol. No soy de estar esperando sin decir ni hacer nada y cara al sol no se puede leer. ¿Para qué tumbarse sin hacer nada si no puedes leer? El moreno es una moda, dudo que pase, pero yo paso de ella. 

 

Y, para terminar, el tercer puesto, y no por ellos menos importante, el pelo. Ellas están ahí con sus bucles perfectos o un alisado de envidia. Yo, en un día normal, antes de salir de casa, tengo que pasar por el castigo de la plancha. Mi pelo no es que sea rebelde, es directamente un insurgente. Nada que envidiar a los cardados ochenteros. Mientras la humedad no sea del 99% y la tecnología me lo permita, pareceré una persona normal. Pero esto, en el verano mediterráneo cerca del agua, es imposible. Tras un baño, mi mata leonina, empieza a tomar vida propia y se va adueñando de mi cara. La plancha la descartamos completamente en la playa, y aplicarme espuma después de un baño de salitre no lo veo. Así que ahí estoy, con mi neceser, colocándome turbantes y ganchos hasta la hora de ir recogiendo para ir a casa, con lo que mi look al final de jornada se puede declarar como catástrofe completa.

A pesar de todo esto he aprendido a disfrutar del verano. He aprendido a que me resbale no parecerme en nada a las chicas del catálogo. Si un helado hace que me crezcan las curvas, bienvenido sea. Si para poder leer tranquila tengo que lucir un blanco enfermizo, lo luciré con orgullo y, si para poder refrescarme metiendo la cabeza debajo del agua (porque un baño no es baño si no te sumerges), daré libertad a mi melena. Porque yo, perfecta no soy, pero feliz mucho.

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