Los hombre que no querían tanto sexo como sus mujeres.

Cuidado, tema tabú. Es de sobra conocido y aceptado que los hombres siempre tienen ganas. He oído muchas veces a mis amigas quejarse; «si es que siempre tiene ganas» «no me deja ni a sol ni a sombra» «si por él fuera estaríamos siempre enganchados«. Y yo, discreta y, porqué no decirlo, un poco avergonzada, les rió la gracia y les digo «estos hombres, ¡cómo son!

Después llego a casa y me preocupo. Porque a Mr C le gusta el sexo pero no está siempre acosándome, no va detrás de mí como un perrito faldero y, sí, hasta alguna vez me ha dicho que no tenía ganas. Y entonces es cuando una se plantea si le ha tocado el bicho raro de entre todos los hombres o si va a resultar que no es lo bastante atractiva para que su marido vaya por el mundo con una erección constante. 

Yo soy toda hormonas, y cuando se acerca mi ovulación el primer síntoma que noto es una subida radical de la libido, de cero a cien en un día. Y no se trata de que esté buscando embarazo, que también. Antes, con anticonceptivos hormonales, me pasaba exactamente lo mismo. Me gusta el sexo. Seguramente más que a Mr C. Y practicaría mucho más si él quisiera. 

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¿No le gusto a mi marido? ¿No tiene ganas porqué no soy atractiva? ¿Tendrá algún trastorno que le impide ser hipersexual? Porque es que resulta que yo, hasta con mis kilitos de más, me veo una tía guapa y atractiva. No soy de portada de revista pero, oye, tampoco estoy tan mal, y si me lo propongo puedo resultar bastante sexy. Entonces, ¿qué está fallando?

Cierto es también que hemos pasado épocas en las que yo he tenido pocas ganas por estrés, por problemas que me tenían más preocupada, por algún medicamento. Y, sinceramente, Mr C si ni se ha rasgado las vestiduras ni se ha puesto a mirarse de perfil en el espejo a buscarse defectos. 

En mi opinión, el único fallo, es de concepto. Al igual que hay mujeres más o menos activas con el sexo, hay hombres más o menos activos, con más o menos ganas. Nos han enseñado desde bien pequeñas que es el hombre el que corteja, el hombre el que nos pide la cita y, por ende, el hombre el que siempre nos desea. Tal vez todo sea tan sencillo como admitir que yo, la mujer de esta pareja, tengo más apetito sexual que mi chico.